MIKEL ERENTXUN

“Veneno” es el tema inédito que nos presenta Mikel para iniciar este nuevo
año. Este tema se incluirá en la re-edición de “El hombre sin sombra” que
saldrá el próximo 26 de enero en edición Digifile, con 2 CD. Uno de sus
mejores discos de estos últimos 10 años, que además incluye una grabación
en directo realizada el pasado 27 de Septiembre en el legendario club “ The
Roxy” de Los Angeles (EE.UU).
A veces los discos mueren demasiado pronto . Este no es el caso .
EL HOMBRE SIN SOMBRA se reedita en una edición de lujo , que incluye un
tema inédito , VENENO , y una grabación en directo en la mítica sala Roxy de
Los Angeles , California .
El tour continua también a lo largo de 2018 :
En primavera visitaremos USA , Mexico , Peru , Chile y Ecuador . En verano
haremos festivales .
Nos vemos en las ciudades y en los escenarios !
Mikel Erentxun.
El hombre sin sombra ha sido el disco que le ha vuelto a llevar a los más alto
de las listas de venta y de las emisoras de radio, probablemente sea su mejor
disco de estos últimos diez años. Un disco con una producción sinuosa y
distinguida, plagada de texturas con melodías envolvente, donde destaca, la
voz femenina de Maika Makovski en muchos de sus temas.

Mikel Erentxun
El hombre sin sombra

No es casual que El hombre sin sombra arranque con “El principio del final”: con esta
canción se anuncia todo lo que vendrá, lo que será este disco, un tratado de amor y
desamor, que es el reverso del amor, el lado que escuece, pero también el del anhelo
y la esperanza. Y abre esta canción porque Mikel Erentxun —que de discos, a estas
alturas de la contienda, nadie tiene nada que explicarle— sabe que hay que atrapar al
oyente sin dilación, sin guardarse cartas, y qué mejor que hacerlo exponiendo todas
las emociones de golpe en una composición sublime, pero sencilla, que habla con
sinceridad del dolor que inflige la decepción, el desconsuelo. De paso, una tuba tiñe
de tristeza algunos pasajes, mientras la voz de Maika Makovski se pega a la de
Erentxun en una formidable interpretación puesta en pie con lo mínimo.
Y así, desde el principio, tenemos expuestos algunos de los ejes sobre los que gira El
hombre sin sombra: letras intensas, de amores rotos pero que todavía palpitan con
fuerza, instrumentación básica (con amplia presencia de guitarras acústicas) apoyada
cada tanto en vientos y cuerdas, y la voz femenina de Maika Makovski subrayando la
de Mikel, como en muchas obras canónicas del rock y el pop. Porque aunque Mikel
siga un camino recto como compositor e intérprete, el creador no cede e intenta sumar
novedades en cada entrega, aportar nuevos colores a una obra que es eslabón de
cadena personal.
Pero hay más, porque lo que nos aguarda en El hombre sin sombra es el Mikel
Erentxun de las grandes canciones, el que maneja como un gigante ritmo y melodía, el
que desde hace un tiempo ha recuperado el pulso (o el instinto) de escribir las letras
de sus propias canciones, el que canta con sensibilidad pero desde la naturalidad, el
que gusta de los sonidos clásicos, oscilando entre el rock and roll, las grandes baladas
—esas que no tienen edad, ni pueden adscribirse a género alguno más que al de la
belleza— y al que, inevitable, se le cuelan cada tanto ecos de Duncan Dhu, que es
tanto como decir una parte de sí mismo y una de las cimas sonoras de la historia de
nuestro pop.
Un trabajo en el que Mikel repite producción con Paco Loco, como en el celebrado
Corazones, y que confiesa ha sido “el disco más relajado que he hecho nunca en el
estudio”, con el que pretendía alejarse de la sónica del anterior y buscar,
abiertamente, lo acústico, incluso para los temas más claramente de rock and roll,
remitiendo a esos orígenes del género que tanto le gustan. “Ha sido tocado con
guitarras acústicas porque esa quería que fuera la base del álbum, buscaba un disco
acústico, con sonido minimalista y sencillo. Además, me encanta el rock and roll
tocado con acústicas. Claro, también tiene que ver con los miles de conciertos
acústicos que me he pegado estos años”. Para reafirmar esa idea, incluso al cantar ha
pretendido no forzar la voz. Porque se trataba de eso, de no forzar nada, de que todo
fluyera con sencillez, que las palabras (y Mikel ha entregado algunos de sus mejores
versos) y la música lo invadan todo.
El resultado son doce canciones que enganchan precisamente por esa búsqueda del
menos es más, con la seguridad de que son las canciones las que deben conmover al
oyente, sin grandes aditamentos. Así, aquí encajan desde baladas supremas como
“Azar y física” (tan breve como estremecedora) y “Libélulas” (sencilla y cruda, pero
arreglada con un gusto exquisito) a muestras de folk pop contemporáneo como las de

“Cicatrices”, “El amor te muerde los labios al besar” y “Deshielo”, en las que las
guitarras eléctricas se dejan ver con más intensidad. O el rock and roll de la escuela
original de “Dos estrellas” (con un Erentxun infrecuente, pero que lo borda cuando
asume ese papel: el de narrador de historias ajenas) en convivencia con imponentes y
sobrecogedores cortes de hechuras clásicas, como “Llamas de hielo”, que pueden
remitir a esos grandes vocalistas que, hijos del rock, buscaron su lugar en los
baladones matadores (Roy Orbison o Chris Isaak son dos ejemplos, por aquello de
citar referencias), derivando incluso al más incandescente soul blanco en “Tienes que
ser tú” (una de esas canciones a las que, ¿apostamos?, el tiempo dotará de la mejor
solera y hará crecer en el recuerdo del oyente). Como está presente ese Erentxun
indefinible, porque a estas alturas, lo quiera o no, es él mismo, el que ha forjado un
cancionero que lleva grabado a fuego su marca personal, indeleble y única, que oscila
de la duncandhuniana “Y sin embargo te quiero” a la amarga pero ilusionada “Héroe”,
la abrasadora “El principio del final” (con guiño a Dylan en los primeros versos y
reflejos musicales suyos) o a la casi evanescente “Enemigos íntimos”.
Con El hombre sin sombra Erentxun ratifica una vez más porqué ocupa un lugar
dorado en la historia del pop español. La respuesta son las canciones, la verdad
despojada de subterfugios que esconden, la belleza melódica, el mimo con el que las
trata. Y la voz. Sí, porque también es esencial esa garganta dúctil que es instrumento
único y privilegiado, inimitable, de los que no pueden comprarse en la tienda de la
esquina, y que él ha sabido domar para que se expanda y arañe en el rock y se
contraiga y acaricie en la balada. Una voz que es parte de nuestra memoria, de
nosotros mismos, como sus canciones. Y estas son, otra vez, de las que
permanecerán.
Ah, un consejo: dejen que el disco gire hasta el final, quizá hallen una sorpresa…
Juan Puchades.

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